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Lunes, 26 de Julio de 2010 10:19

francisco_nacioLo miro y lo vuelvo a mirar, sonríe, ahora parece estar enojado, gruñe y al mismo tiempo bosteza. Mastica el aire y se estremece como si en el sueño la estuviera pasando mal. No sé qué hacer, siento que en su pequeña nueva vida cada cosita es gigante y sin embargo no lo puedo ayudar a superarlo, me cuesta entenderlo. Me fijo si respira, me siento orgulloso y nada de lo que sucede a mí alrededor tiene importancia, lo abrazo y escucho sus latidos, él seguramente escuchará los míos. Tiene apenas una semana de vida y ya cambió por completo la mía. Lo toco y se produce el cosquilleo instantáneo, no existe suavidad más suave que la de su piel. Su olor es igual al de muchos pero me detengo como nunca para que perdure en mi nariz. Lo llevo a la parte más alta de mi cabeza y me propongo retenerlo para siempre en los recuerdos.

Cuando uno tiene un hijo el corazón estalla de alegría y la felicidad, esa que buscamos y se hace difícil de alcanzar, permanece con nosotros para romper el mito de que dura un instante. Lo veo como estira sus piernitas para lograr desanudar ese dolor que le perturba el sueño. Parece combatir contra las pesadillas más cruentas y de repente dispara una sonrisa que me permite suspirar tranquilo. Mueve las manos dibujadas con las que seguramente se transformará en alguien en esta vida, no sé qué ni quién, pero tampoco me adelanto, quiero disfrutarlo así. Me miro las manos y pienso como habrán sido, qué habrá sentido mi viejo cuando yo estaba ahí y que sentirá él cuando pueda ver a su hijo. Me siento gigante, capaz de mantenerme desvelado toda la vida sólo para velar por su sueño. Se me llena el cuerpo, los dolores desaparecen y me multiplico como nunca para que nada le falte.

Que milagro el de la vida, cierro los ojos y recuerdo su primer instante, su primer grito, me temblaba todo, no sabía… y no pude contener las lágrimas, no quería. Lo agarré entre mis brazos y me hice escudo protector para llevarlo hasta los labios de su madre y permitirle que lloráramos juntos, que relajara el suspiro más profundo que había contenido durante nueve meses, que liberara una carga para asumir otra nueva y llena de dicha. Cuando uno piensa en tener un hijo, no tiene la dimensión real de lo que es, actúa por reflejo, por comparación, hasta me atrevería a decir por egoísmo, tener. ¿Sólo eso quiero? Pero cuando llega se te queman todos los papeles. Te comes las instrucciones y, así y todo, podes perder el juego. Nada sirve, todo es poco. El tiempo que pasas se te escurre entre los dedos. Querés más, querés mejor, querés. Se te terminan las palabras para explicar lo que sentís, y no importa cuántos sinónimos tengas en tu vocabulario, son pocos para transmitir lo que estás sintiendo. Lo querés gritar mientras lo arropas para guardarlo como un secreto. Recuerdo esa primera noche, en la que el llanto se clavaba en lo más profundo del silencio, cuando entre mis brazos lograste cerrar tus ojos, cuando en mi pecho conseguiste por fin dormirte con el son de esa canción, que será nuestra para siempre, y cuando por fin nos dormimos hasta encontrar el nuevo día.

No entendés nada, parece como si te hubieran cacheteado entre cuatro, como si te hubiera pasado un tren por encima. Pisas fuerte para levantarte y como un resorte lo mirás abrir los ojos, sabés que te mira y no te mira, que descubre tu imagen, que recorre tu contorno, que te huele y te escucha después de nueve meses de hacerlo desde el vientre materno. Te clavas en sus ojos, hurgas en lo profundo de esa mirada tibia el futuro que le espera y cuando imaginás, te esquiva. Estás endeble, tenés un nuevo punto débil y a la vez te sentís invencible.

Estas líneas, en las que alguna vez intenté aclarar los tantos, en las que volqué razones para entender lo inexplicable, para explicar lo imposible. En estas líneas hoy pretendo aclarar los míos, con muchas menos razones y más sentimiento.

Son las palabras de Hernán Daicich

 

 
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