Ciudadano ilustre de la Ciudad de Buenos Aires, Onofre Lovero representa un ícono de la historia teatral argentina. Apasionado, sensible y creativo, se involucró en el movimiento del teatro independiente que comenzó en el año 1952, con la inauguración del Teatro Independiente.
Pero este actor, director, regisseur de ópera, ensayista y pedagogo teatral es además cofundador de la Unión Cooperativa de Trabajador Independientes y Asociación de Directores de Teatro, fue Director del Fondo Nacional de las Artes, Presidente del Bloque Latinoamericano de Artistas y titular de la Asociación Argentina de Actores, entre 1984 y 1988.
Entre los diversos premios que recibió en su carrera, se destacan el Ollantay y el Leónidas Barletta (1987), el María Guerrero y el Prensario (1992) el ACE como mejor director y el Florencio Sánchez como mejor director teatral (1994), el Gregorio de Laferrere por su trayectoria, el Podestá y el ACE (1995), el Mecenas (1996) y el Konex (2001).
Participó en 20 filmes, desde La Buena Vida en 1964 hasta El Juguete Rabioso en 1998. En teatro formó parte de 46 obras, desde 1952 hasta 2007. Desde el año 2000 es Director Ejecutivo de Proteatro. Dueño de una gran humildad, cuando se le pregunta si le produce melancolía no trabajar como actor en la actualidad responde, “en realidad no estoy apartado de la escena, porque desde Proteatro siempre estoy relacionado con mis pares y disfrutando sus actuaciones”.
Trabajo elaborado por los alumnos de Taller de Redacción Periodística del Centro Cultural de Devoto. Es la cobertura de la charla abierta que hace unos días brindó en el Centro Cultural Devoto junto al actor Esteban Massari. Los alumnos son Susana Arias, Horacio Raigorosky, Sandro Fioravanti y Roberto de Dios Herrero (integrantes del Taller de Redacción Periodística que conduce Ricardo Daniel Nicolini, en el Centro Cultural Devoto Villa del Parque).
ONOFRE LOVERO: EL ALMA Y EL TALENTO DEL TEATRO PORTEÑO
“No me diga señor, dígame Onofre”, interrumpe amablemente Onofre Lovero a un vecino que le hace una pregunta. Ese gesto de humildad da cuenta de la personalidad de este hombre de contextura robusta y facciones suaves, en un rostro que no refleja sus 84 años. Reacio a usar micrófono, se toma tiempo para responder y cuando lo hace, la dicción pausada y clara proyecta su voz teatral hacia una audiencia que lo escucha con atención.
La charla se desarrolla en el marco del encuentro sobre los orígenes del teatro porteño, organizado por el Programa Cultural en Barrios del Gobierno porteño, en la sede del Centro Cultural Devoto (Nueva York 4169). Allí, el 9 de septiembre pasado más de medio centenar de personas prefirieron disfrutar de las palabras de Onofre Lovero, en lugar de hacerse malasangre con la transmisión del partido entre Paraguay y Argentina.
Onofre tiene como ladero a Esteban Massari, otro destacado exponente de la escena nacional, que oficia como guía de una charla tan desacartonada como atractiva. Explica que la ciudad de Buenos Aires es conocida como la capital del teatro de habla hispana, gracias a sus más de 200 salas. “Una ciudad importante de Europa como Berlín, sólo tiene 49”, ejemplifica. Luego Onofre agrega que “gracias a los amantes del teatro, cada fin de semana tenemos en la ciudad una diversa cantidad de espectáculos, cosa que me conmueve y que es producto de una vieja tradición teatralera en Argentina”. Una tradición con la que él mismo tiene mucho que ver. “Este movimiento se inició por 1952 –explica- con la creación del Teatro de los Independientes, ubicado en la calle San Martín 766 y que en la actualidad es el Payró, nombre puesto por nosotros de una terna que nos facilitó la sociedad de autores de Argentina (Argentores) entre los que figuraba el de Roberto J. Payró”.
Onofre admite que en todo proceso teatral existe algo de magia. “Todas las circunstancias que rodean a esta actividad son mágicas. En aquella época trabajaba en la editorial Abril y con un amigo íbamos todos los días a tomar un café a un lugar llamado La Scala. Un día tuvimos unas palabras con el mozo y dejamos de concurrir. Después de un tiempo cambiamos nuestra decisión y regresamos a ese lugar encontrándonos con un salón desmantelado, que a mí me pareció muy escenográfico. En el piso superior funcionaba la escribanía de Ferrocarriles Argentinos, entonces buscamos al responsable del salón. Era una persona que lo ocupaba fraudulentamente y tenía un pleito por una suma importante de dinero, fue entonces cuando le propuse hacernos cargo de la deuda a cambio de que desistiera de su contrato para poder quedarnos con el predio. Fue así que con la participación de toda la gente involucrada con el teatro, llevamos adelante lo que hoy es esta tradicional sala de San Martín y Córdoba. No recuerdo todos los nombres de las personas que intervinieron, pero sí a Haydée Padilla y a Jaime Kogan que fue uno de los directores que luego de mi alejamiento se hizo cargo del lugar”.
Massari remarca luego la influencia de los maestros que vinieron de Europa, como Crilla, los Vehil y otros, quienes desplazados por la guerra, dieron origen a una mezcla entre los teatros independientes, criollo y argentino -que nació del circo con los Podestá- que evocaban obras como Juan Moreira, que se representaban hasta con caballos. “La actriz española María Guerrero –cuenta- hizo una fortuna con su profesión y, siendo dueña del teatro Cervantes, lo donó a la Nación”. Relata además que entre los años 40 y 50 sólo había 20 teatros independientes y uno de ellos, El Nuevo Teatro, mantuvo durante tres años la obra Raíces, de Arnold Wesker, con sala llena. “Los actores no percibían ninguna remuneración, porque los ingresos por boletería se usaban para cubrir los gastos de mantenimiento”, aclara. De los teatros actuales, 190 son independientes. “La expansión de la actividad –intenta explicar Massari- está motivada por la demanda social, que da el espacio para que muchas personas hagan teatro sin distinción de edades, influenciadas en satisfacer sus necesidades artísticas, postergadas por razones personales. No es casual que los actores argentinos tengan un merecido reconocimiento internacional. En España, por ejemplo, valoran más a los nuestros, como Ricardo Darín o Federico Luppi, que a los propios”.
Lovero lo observa atentamente y luego interviene. “Ocurre que durante muchos años los jóvenes estudiaban teatro pero ni lo hacían ni iban a verlo, en cambio ahora lo estudian y también lo practican, forman sus propias compañías y sus grupos que vemos incorporados en las carteleras que publican los medios todos los fines de semana. Además, en estos últimos 10 años, la gente no sólo concurre al teatro, sino que también lo discute para apoyarlo o para denostarlo”.
Para Massari el auge del teatro tiene que ver con un cambio en los paradigmas sociales. “Antes los padres se esforzaban en que sus hijos estudiaran para que fueran médicos, abogados o arquitectos, porque eso les garantizaba una inserción laboral de retornos económicos inmediatos. En la actualidad eso ha cambiado y la prueba está que en la calle la gente me confiesa que le hubiera gustado hacer cantar o actuar, pero que sus padres le exigían un título universitario. Hoy la realidad da cuenta que en todas esas profesiones tradicionales cuesta ganarse la vida. Por eso muchos se volcaron al teatro que les permite una igualdad de posibilidades”.
Respecto a la labor de los dramaturgos, Lovero asegura que son de primer orden. “En Proteatro se reciben continuamente obras que son subsidiadas y que fueron creadas por gente joven y no tanto, que insisten en escribir sobre diferentes géneros. Con la insistencia de estos creadores se está consolidando una dramaturgia nueva e importante que va a dar sus frutos en forma inmediata”.
El teatro independiente ha tenido una vida intensa y propia, incluso durante los oscuros años de la dictadura. “Durante la época militar –evoca Onofre- nos ingeniábamos para hacer teatro. Recuerdo que ensayábamos escondidos debajo de los escritorios, porque no había libertad para hacerlo de otra manera. Por eso cuando escucho decir que hay falta de recursos, contesto que están en cada uno de nosotros, nuestras manos sirven para avanzar o para cavar trincheras. El teatro seguirá sosteniéndose como lo hace desde hace miles de años sin que ninguna dictadura lo acorrale. Hay una fuerte inmanencia en el hecho teatral que impulsa a los actores y a los espectadores a sostenerlo por encima de todas las circunstancias”. Massari también vivió desde adentro aquellos años y aún mantiene frescos los recuerdos. “El teatro, como protesta cultural, fue una acción que puso en peligro la libertad y la vida de muchos actores independientes en la Argentina. El teatro El Picadero, por ejemplo, fue incendiado y a pesar de ello continuó esta expresión artística que acorraló finalmente a los militares para su retirada”.
La charla vira luego hacia la tarea del actor y a las diferencias entre el cine y el teatro. “En el teatro –sostiene Massari- el actor es el rey desde que se levanta hasta que cae el telón, porque durante ese tiempo demuestra su realización y recibe el reconocimiento, mientras que en cine es sólo una herramienta, por su actuación fragmentada en numerosas tomas. No debe olvidarse que el teatro es el ente madre del que surgió la radio, el cine y luego la TV”.
Un joven le pregunta ahora a Lovero qué fue lo que lo motivó a dedicarse al teatro. “Fue antes de razonar como adulto que ya sentí el llamado. Tenía antecedentes familiares de un tío que había sido cantante y de un primo que fue comediante. En mi niñez a mi madre no le durara ningún mantel o sábana, directamente se los robaba para fabricar el telón”. La mención de su hermana menor merece un capítulo aparte. “No pude convencerla para que me acompañara. Ella había estudiado piano y se recibió de profesora. y en diferentes oportunidades le decía que si bien marcaba las notas correctamente, no llevaba el ritmo musical. Entonces me amenazaba con dejar de acompañarme en la ejecución de la música de algunas romanzas de ópera italiana. A veces risueñamente recordamos esos acontecimientos y le digo que lo mejor que pudo haber hecho es haber vendido el piano”.
Destaca que su ópera prima como director fue la obra “En Familia”, de Florencio Sánchez. “La hice cuando estaba en 6º Año del Nacional, y para conseguir los personajes femeninos tuvimos que recurrir a las hermanas, primas y novias de los que participábamos, porque el colegio era sólo de varones”.
Onofre dice que no llegó a conocer a Federico García Lorca.“Cuando vino yo era muy joven, pero estuve presente en el estreno de su obra Yerma en el teatro Avenida, estaba rebosante de gente. Cuando Margarita Xirgu terminó, luego de los aplausos, dijo que Federico quería estar para el estreno y ‘no pudo ser, maldita sea la guerra’ gritó y la sala se vino abajo. Fue conmovedor”.
Uno de sus hitos artísticos fue la puesta de la “Ópera de los dos Centavos”, de Bertolt Brecht. Fue un amigo quien lo alentó a que la hiciera. “Yo entendía algo de alemán pero una señora muy amable me fue explicando palabra por palabra y una vez que estuvo integrada hubo que musicalizarla, pero como yo no entendía de música, recurrí a la onomatopeya y busqué a un músico amigo. Así logre la música, y luego comencé a poner palabras copiando las partituras en papel transparente. Hicimos una versión con Haydée Padilla y un buen día la puse en escena, todavía me acuerdo la melodía de memoria”, y comienza a tararear eufóricamente para luego continuar, “El nombre original era tres centavos y pero yo le puse dos centavos porque no buscaba la traducción literal sino el espíritu de la obra para identificarla como la más barata, no vale dos guitas”.
Lejos de pretender ser demagogo, Onofre sostiene que el creador que no se enamora de su obra, mejor que no siga adelante. Asegura que en aquellos años de juventud no tuvo un referente en la actuación, “sólo pensaba en hacer mis personajes como los imaginaba y no me ha ido del todo mal”.
La voz de un joven estudiante de teatro se escucha entre los presentes para pedirle un consejo y Onofre accede a pura sonrisa. “El mensaje que puedo dar a los jóvenes que se inician en este oficio es que nunca se termina de aprender, cada día se recoge algo más. Les digo que estudien intensamente y se completen en el escenario, porque en él se terminan de hacer como actores”. Y Massari agrega “hay que ir tras el deseo que es un alimento constante para cualquier disciplina artística, que tiene una devolución al descubrir las maravillas que produce hacerlo. Ese es el secreto”.
Y si de secretos se trata, Onofre da una pista sobre aquel que lo mantiene tan activo y jovial. “Los reconocimientos, como vivencias, han sido satisfactorios y hoy todavía me sorprende que me señalen o me premien en alguna cosa. Creo seguir teniendo una mente joven y me doy cuenta por lo que veo crecer a mi alrededor, porque todos los días invento algo o acompaño a otros. Esto me mantiene con una frescura que no corresponde a mi edad”.
La charla llega a su fin, pero la magia que emana del talento y la humildad de Onofre Lovero queda flotando en el salón. Muchos destacan el privilegio de haber podido ver y oír en persona a este hombre que engrandeció la escena nacional, y entonces el aplauso cálido y natural lo cubre una vez más del cariño de su público. Un merecido premio que está acostumbrado a recibir pero que, una vez más, le endulza los oídos y el corazón.